homilías

Cualquier persona hambrienta es nuestra responsabilidad: sobre la alimentación de los 5000

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Esto es algo que el Señor nos dice ahora de una forma especial, en estos días en los que estamos tan seguros, en los que somos tan ricos, tan opulentos, y en los que escuchamos día tras día sobre el hambre, la miseria, y la muerte, de hecho, por inanición, de miles y miles de personas. Y lo que el Señor nos dice es simple: ¡Dad lo que tenéis y dejadme obrar después; no me pidáis que obre un milagro cuando podríais hacer eso vosotros mismos.

Leemos el Evangelio año tras año, y de generación en generación, con nuevos contextos, frente a nuevas situaciones, ya sean históricas o personales. Y en todo momento, un pasaje u otro puede impresionarnos de una forma nueva.

Hoy leemos el pasaje sobre la alimentación de una multitud por Cristo. Generalmente, los padres y escritores espirituales expresan el sentido maravilloso de la misericordia de Dios y el poder de Dios que pudo alimentar a tantos con tan poco; que de hecho pudo obrar milagros en un mundo tan distanciado de Él, siempre y cuando, un solo atisbo de fe, una grieta en la armadura de nuestra falta de fe le permitiera actuar.

La lectura de hoy de este pasaje del Evangelio me ha sorprendido de nuevo por las palabras de Cristo. Los discípulos piden al Señor que despida a la multitud porque el día está acabado, la distancia a las aldeas vecinas es grande, y el cansancio y la oscuridad les sorprenderá si permanecen más tiempo, pues no han comido en todo el día escuchando las palabras vivificadores de Cristo. Y Cristo dice a los discípulos: No, no necesitan irse, dadles vosotros de comer. ¿Cómo pueden alimentar a una multitud tan grande, a un millar de hombres, mujeres y niños, cuando todo lo que tienen son cinco hogazas de paz y dos peces?. Y aquí está el desafío de Cristo, tanto para ellos como para nosotros. Sí, en cierto modo, sólo Dios puede obrar este milagro, pero no si contribuimos con corazones abiertos, con la mano abierta y con todo lo que tenemos. Él no dijo a sus discípulos: “Guardad tanto como necesitéis para vosotros y dad el resto, vuestras sobras, a otros”. Él dijo: Tomad todo lo que tenéis y dádselo.

Esto es algo que el Señor nos dice ahora de una forma especial, en estos días en los que estamos tan seguros, en los que somos tan ricos, tan opulentos, y en los que escuchamos día tras día sobre el hambre, la miseria, y la muerte, de hecho, por inanición, de miles y miles de personas. Y lo que el Señor nos dice es simple: ¡Dad lo que tenéis y dejadme obrar después; no me pidáis que obre un milagro cuando podríais hacer eso vosotros mismos.

Los apóstoles podían hacer poco; podían compartir sólo cinco hogazas de pan y dos peces, pero nosotros podemos compartir mucho más. Si nuestros corazones estuvieran abiertos, y si de nuestros corazones de piedra Dios pudiera hacer corazones de carne con ellos, si hubiéramos aprendido algo de generosidad o de responsabilidad mutua, si hubiéramos aprendido un poco sobre amar al prójimo activamente, no habría hambre en el mundo.

El Evangelio de hoy nos dice: “Mirad a vuestro alrededor”, mirad a todos los que están hambrientos, a todos los que no tienen hogar, a todo el que está necesitado, y recordad que cada una de estas personas es vuestra responsabilidad, que todo su hambre, su desamparo, su miseria, es en última instancia el resultado de vuestra opulencia, vuestra comodidad, vuestro rechazo a compartir, a dar; no a dar más allá de vuestros medios, sino sólo a dar.

Tan  sólo debemos recordar lo que cierto santo dice en sus escritos, de que cada vez que uno come un bocado que no necesita, cada vez que adquiere o posee algo que va más allá de sus estrictas necesidades, que ha robado a los hambrientos, a los que no tienen hogar, a los que no tienen vestidura, se convierte en un ladrón.

¿No se nos aplica esto más deliberadamente a nosotros que a este asceta? Debemos reflexionar sobre esto, porque nos estamos comportando como indignos y malos administradores; existe algo así como la administración de la riqueza, intelectual, moral, emocional y material. Seguramente recordaréis la historia del injusto, del infiel administrador que engañó a su amo, robándole, y cuando iba a ser destituido por el amo que había descubierto su deshonestidad, llamó al que le debía dinero a su amo para reducir así su deuda. Esto es algo que podríamos aprender. Se volvió al pueblo y le dio toda la ayuda que pudo; nosotros no. Reflexionemos sobre las palabras de Cristo: “No tienen porqué irse de mi presencia para poder comer; dadles lo que necesitan”. Si miramos a nuestro alrededor, no allende los mares, sino lo que nos rodea, las necesidades de la gente hambrienta, los sin techo, los privados de derechos, o simplemente a nuestros prójimos, que a veces están tan solos y necesitados de una palabra de consuelo, amistad y solidaridad, empezaríamos a cumplir este mandato de Cristo.

Pero no nos engañemos; no es por una palabra de consuelo o por gestos amables como lo cumpliremos. Cristo dijo: “Dad todo lo que tenéis”. Y a nosotros, tal vez, teniendo en cuenta la poca fe que tenemos y la estrechez y la dureza de nuestro corazón, nos dirá: “Dad lo superfluo de vuestra vida”, pero pensad un poco en lo superfluo, en lo que gastáis en vosotros innecesariamente, sin obtener incluso verdadero gozo y placer, o ventaja de esto. Dadlo, y entonces, dejad a Dios que haga el resto.

Este es el juicio de Dios sobre mi, pero también es la llamada de Dios dirigida a cada uno de vosotros.

Fuente:
Traducido por psaltir Nektario B. (P.A.B)

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1 reply »

  1. Muy bueno, en la linea de los Padres comprometidos con los empobrecidos, S J Crisóstomo, San Basilio, San Gregorio- Gracias por compartir tanta riqueza en los documentos. Dios les bendiga-

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