Tras los pasos de la ortodoxia

Historia sobre la construcción del templo de la Resurrección de Cristo en Jerusalén

13-01

Conmemorado el 26/13 de septiembre.

La conmemoración de la construcción del templo de la Resurrección de Cristo en Jerusalén celebra la solemnidad con ocasión de la consagración de la Iglesia de la Resurrección de Cristo, construida por Constantino el Grande, Igual a los Apóstoles, y su madre, la emperatriz Elena, Igual a los Apóstoles. Este día festivo es aún llamado entre la gente por su título único “que tiene la reputación de la Resurrección” (Voskresenie slovuschee) y significa que es afamado o pertenece a la Resurrección, en distinción del Día de la Luminosa Resurrección de Cristo, y se refiere particularmente a la consagración de la Iglesia en honor de la Resurrección de Cristo.

La historia de la construcción de este templo es la siguiente: Tras la voluntaria pasión y muerte en la cruz de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el santo lugar de sus sufrimientos fue pisoteado por los paganos. Cuando el emperador romano Tito, en el año 70, conquistó Jerusalén, arrasó la ciudad y destruyó el Templo de Salomón en el Monte Moria, no dejando allí piedra sobre piedra, como el Salvador había predicho en una conversación con sus discípulos (Mateo 13:1-2). Más tarde, el celoso emperador pagano Adriano (117-138), construyó en el lugar de la Jerusalén destruida por Tito, una nueva ciudad, que fue llamada por su nombre, Aelia Adriani (Aelia Capitolina) y hizo prohibición de llamar a la ciudad por su nombre primitivo. Al Santo Sepulcro del Señor dio orden de cubrirlo con tierra y piedras y erigir en su lugar un ídolo, y en el Gólgota, donde fue crucificado el Salvador, se construyó un templo pagano dedicado a la diosa Venus en el año 119. Frente a las estatuas ofrecían sacrificios a los demonios y realizaban ritos paganos, acompañados por actos lascivos. En Belén, en cuyo lugar nació el Salvador de la Purísima Theotokos, el impío emperador puso un ídolo de Adonis. Hizo todo esto intencionadamente, para que el pueblo olvidara completamente a Cristo el Salvador y para que no recordaran nunca más los lugares en los que vivió, enseñó, sufrió y se alzó en gloria.

Cuando comenzó el reinado del Igual a los Apóstoles, Constantino el Grande (306-337), primero de los emperadores romanos en reconocer la religión cristiana, él, junto con su piadosa madre, la emperatriz Elena, decidieron reconstruir la ciudad de Jerusalén y en el lugar del sufrimiento y resurrección del Señor erigieron un nuevo templo, para purificar de los repugnantes cultos paganos los lugares relacionados con la memoria del Salvador, y nuevamente consagrarlos. La noble emperatriz Elena viajó a Jerusalén con una gran cantidad de oro, y el Igual a los Apóstoles, Constantino el Grande, escribió una carta al patriarca Macario I (313-323), en la que le pedía asistir en todo lo posible en la tarea de la renovación de los santos lugares cristianos. Al llegar a Jerusalén, la santa emperatriz Elena destruyó todos los templos de los ídolos paganos y e hizo que los lugares profanados fueran consagrados nuevamente. Ardía en deseos de encontrar la Cruz de nuestro Señor Jesucristo y dio ordenes de excavar el lugar, donde estuvo el templo de Venus. Allí, descubrieron la cubierta sobre el sepulcro del Señor y el lugar de la Calavera, y no lejos encontraron tres cruces y clavos. Para determinar sobre cuál de las tres cruces estuvo clavado el Señor, el patriarca Macario dio ordenes de tocar con ellas a un muerto, a quien iban a conducir al lugar de enterramiento. Cuando la Cruz de Cristo tocó al difunto, inmediatamente resucitó. Con el mayor gozo posible, la noble emperatriz Elena y el patriarca Macario alzaron la Vivificadora Cruz y la mostraron a toda la gente que estaba allí.

La santa emperatriz dispuso rápidamente la construcción de una gran iglesia, que incluía en sus muros el lugar de la Crucifixión del Salvador, el Gólgota, y el Sepulcro del Señor, localizado no a mucha distancia uno del otro, y como escribió el santo apóstol y evangelista Juan: “En el lugar donde lo crucificaron había un jardín, y en el jardín un sepulcro nuevo, donde todavía nadie había sido puesto. Allí fue donde, por causa de la Preparación de los judíos, y por hallarse próximo este sepulcro, pusieron a Jesús” (Juan 19:41-42). La Iglesia de la Resurrección tardó 10 años en su construcción, y la santa emperatriz Elena no sobrevivió para su finalización. Al regresar a Constantinopla, murió en el año 327. Tras su llegada a Jerusalén, la santa emperatriz construyó iglesias en Belén, en el Monte de los Olivos, en Getsemaní y en muchos otros lugares relacionados con la vida del Salvador y los hechos del Nuevo Testamento.

La finalización de la construcción del nuevo templo de la Resurrección de Cristo, llamado “Martyrion”, en memoria de los sufrimientos de Cristo en la Cruz, coincidieron con la celebración del Primer Concilio de Tiro, y con él, el trigésimo año de reinado del Igual a los Apóstoles, Constantino el Grande. Por este motivo, en la asamblea del 13 de septiembre del 335, la consagración del templo fue particularmente solemne. En la consagración de la iglesia participaron jerarcas de las iglesias cristianas de muchas tierras: Bitinia, Tracia, Cilicia, Capadocia, Siria, Mesopotamia, Fenicia, Arabia, Palestina y Egipto. A la solemnidad de la renovación estuvieron invitados sólo los padres que concluyeron el Concilio de Tiro. En aquel día fue consagrada toda la ciudad de Jerusalén. La conmemoración de este notable hecho fue establecida por los padres de la Iglesia el 13 de septiembre.

Fuente:

Traducido por psaltir Nektario B.

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